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Adiós a Mauricio Peña
Poncho Vera


Con gran tristeza me enteré de que el martes pasado falleció Mauricio Peña, quien fue jugador profesional de los Pumas de la UNAM y del Necaxa, además de que trabajó con muchos jóvenes en su formación deportiva.

La última vez que pude ver a Mauricio fue el pasado diciembre en un emotivo homenaje que le hicieron, llamando a una cancha de futbol en Querétaro con su nombre. Lo vi muy enfermo, “amarrado” a una silla de ruedas con una gran dificultad para mover su cuerpo, ya que era víctima de una esclerosis lateral amiotrófica progresiva.

Aquella mañana queretana tuve el honor de ser invitado a conducir ese evento, agradezco a Dios primero, y después a Alberto Meouchi, por haber sido parte del homenaje.

Nunca olvidaré la dignidad, la fuerza y el pundonor de Mauricio en ese día. La mirada enfrente, su cabeza erguida, un gran esfuerzo por dibujar en su cara una sonrisa… nada de procurar causar lástimas. Con esa imagen me quedo, como la de una persona fuerte, valiente y amante de la vida.

Fue Bora Milutinovic, el siempre genial Bora, quien le dio la oportunidad en debutar en la primera división en el año de 1980.

La gran pasión de Mauricio por el futbol lo llevó a convertirse en un referente de unos Pumas grandes, un equipo que combinaba solidez, talento, y espíritu… mucho espíritu. Logró convertirse en campeón de liga en el 80-81, en una espectacular final en contra del Cruz Azul. Fue parte de un equipazo, pero sobre todo de un grupo ejemplar. Un orgullo no sólo para la Universidad, sino para todo el futbol mexicano. En aquellos tiempos ganó también Concacaf e Interamericanos.

En aquel 81 yo tenía 7 años, era un chamaquito que, gracias al gran acierto de mi padre y madre de llevarme a Ciudad Universitaria años antes, ya era todo un puma. Los jugadores eran entonces para mí héroes, ídolos y ejemplo.

No sé si por mi corta edad, o porque era así en realidad, pero los jugadores de aquellos ayeres eran, a diferencia de una gran mayoría actual, deportistas ejemplares, personas sencillas. Los sueldos eran discretos y la afición sana. Nada de vedettes, ni de prensa amarillista, ni de deportistas rodeados de mujerzuelas interesadas.

Mauricio encajó bien en ese futbol, en el que los cojones para jugar tenían más valor que los peinados y los tatuajes.

No fue un jugador exquisito, ni de una técnica envidiable, pero tenía por supuesto grandes virtudes, la de la ubicación, la de partirse la madre por cada balón, y la de concentrarse en cada jugada.

Como cualquier persona afortunada de triunfar en su desarrollo profesional, él compartió sus conocimientos con los jovencitos, formó a importantes jugadores en Pumas, lo mismo hizo en Santos, incluso trabajó con Jesús Ramírez en la selección de menores, aquella que consiguió el Campeonato del Mundo Sub 17.

En aquel homenaje queretano que mencionaba, tuve la oportunidad de ver a su esposa, a sus dos hijos, a sus padres…

Se fue un hombre de bien… Mauricio, descansa en paz.


 
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